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Testimonio: Encarcelada

Este testimonio nos muestra la realidad que vive una persona que sufre anorexia durante el confinamiento. Estar encarcelada y sentir una extraña libertad...

En estos meses de confinamiento hemos compartido algunos testimonios que muestran la realidad de cómo viven esta situación quien padece Trastorno de la Conducta Alimentaria. En este testimonio, Alicia nos hace viajar a su mundo interior donde le toca enfrentarse a una doble lucha: su cuerpo y esta terrible pandemia. Esto le ha hecho sentirse encarcelada, pero también le ha llevado a sentir una cierta libertad. Una libertad que le ayudó a reflexionar, a tomar conciencia sobre la enfermedad y especialmente sobre ella misma.

Y ES AHORA ENCARCELADA CUANDO MAS CERCA SIENTO MI LIBERTAD


8.30 de la mañana, suena el despertador y descubro que hoy algo ha cambiado, sigo encarcelada pero esta vez la cárcel no es solo mi cuerpo, esta vez la cárcel es mi hogar, mi ciudad, mi país.

España esta enferma, como yo.
Me llamo Alicia Cordero y tengo anorexia desde hace 20 años.

Esta terrible enfermedad tan juzgada y malentendida me mantiene prisionera en una cárcel, que ha extendido sus raíces sobre mi mente haciendo que mi vida solo cobre sentido si se basa en medir calorías, en contar gramos, en calcular y planificar todo con exactitud con el fin de que mi físico se mantenga al borde del abismo. No importa si ves como tu vida se va desdibujando como una acuarela acuosa. Como si te atasen a una soga muy fuerte y pesada, de la que tu tienes el cabo incapaz de aflojar. Hace ya mucho tiempo compré un billete de tren de alta velocidad, que me ha llevado a un viaje rápido, fugaz, en el que ves tu vida pasar como esa ventanilla a través de la cual se intuye un paisaje borroso.

Así es mi vida, una mentira, una imagen proyectada de aparente felicidad, tras la que se esconde miedo, mucho miedo.

Pero de repente, mi cárcel, ahora no es mi cuerpo. Una nueva pesadilla tiñe mis sueños, es el temido coronavirus, que ha confinado a España. Encarcelada en mi hogar, y en mi misma. Qué extraña sensación, y a la vez, que placentero sentir por primera vez en años, que he bajado de ese tren de alta velocidad para coger una bicicleta ligera, que ahora sí, me permite ver en detalle el paisaje que me rodea. Sin correr, sin prisas, y con la sensación de aflojar la soga que me ata.

Como cada mañana, saco fuerzas para “idear” mi super plan del día. Parece complicado pensar que en un espacio reducido, confinada veinticuatro horas, puedan generarse tal cantidad de actividades, sentimientos, emociones y en definitiva acciones de lo que yo llamo “Plan de Supervivencia”. Pero es ahí cuando descubro a la Ali guerrera, esa Ali armada con escudo y espada que revela su poder más oculto: CORAJE.

El coraje para enfrentarse a una doble lucha: su cuerpo y esta terrible pandemia.

Aun con la resaca informativa en nuestra memoria, de la dramática situación solo me queda levantarme con una sonrisa en la cara. ¡Afirmación positiva y a sobrevivir!
Desde que se decretó el confinamiento tengo una curiosa visita todas las mañanas, le he bautizado como “fugaz”. Es un precioso gorrión rojizo que parece haberle cogido el gusto a canturrear en mi terraza. Pasan los días y siento que este insignificante pajarillo coge confianza y cada vez se anima más. Es como si en cada una de sus notas quisiera susurrarme algo.

Ya vamos por diez días de confinamiento, y es curioso como ahora me emocionan cosas tan simples como una llamada de teléfono a un amigo, sentarme con una taza de té en la terraza y sentir el sol en mi piel, escuchar jazz mientras pinto, saborear algo rico que he cocinado con cariño… pero lo más intrigante es “fugaz”. Fugaz juega conmigo, me saca grandes sonrisas, me acompaña en mi soledad, hace que me evada del drama en el que estoy viviendo. Por momentos creo que fugaz no es una casualidad, es una bonita señal de Dios, Universo o llámalo “Algo” que me envía para darme fuerzas, para mantener la fe en la vida y en mí misma.

Día 15 del confinamiento, Otra día mas… pero hoy algo ha cambiado.

Es la primera vez en años que puedo relajarme, sentir mi cuerpo, serenar mi mente y escuchar lo que mi alma y mi yo mas profundo me susurraban:

Alicia, esta eres tú. Sin filtros, sin mentiras, eres mucho más allá que un cuerpo físico, eres bonita por fuera pero aun mucho más por dentro.

No eres quien has crecido pensando que eras, eso es tan solo una proyección de nuestras creencias, vivencias y patrones, pero ahora descubro que no. Que detrás de la Alicia que yo pensaba que era, hay otra mucho más profunda. Una persona que se interesa por el arte, por los placeres de pintar, de escribir, de leer, de poder relajarme escuchando música… En definitiva, una Alicia muy por encima de aquella frágil y vulnerable de la autoestima minada durante años.

Día 20 del confinamiento. Hoy no… Hoy no tengo fuerzas para sacar la armadura y disfrazarme de guerrera, hoy toca que me cuiden a mi, que me abracen aunque sea de manera virtual, como todo ahora, necesito un pequeño gesto que me empuje a seguir luchando y peleando por mi vida, tan lábil y delicada. Salgo a la terraza en busca de Fugaz, pero parece que éste también me abandona por hoy… Los ánimos decaen a medida que pasan los días, las noticias se agravan, los vecinos aplauden como cada tarde a las ocho, lo que me trae de vuelta a la realidad, esa que duele, la de miles de españoles muertos, la de personas enfermas sin camas en los hospitales, la realidad que me ha servido para evadirme de la mía propia.

Y sin darme cuenta ha llegado la noche. Y así, relajada me abandono en el maravilloso mundo de los sueños, donde yo elijo la realidad que desearía vivir. Sin virus, sin enfermedad, tocando y besando a los que quiero. Sintiéndome libre, abriendo las puertas de la cárcel, desatando la soga que tan fuerte me aprieta, bajando de ese tren rápido, desplegando las alas de la libertad… Volviendo a ser yo misma.

Mañana será un nuevo día… ¿o tal vez no?


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