Testimonio TCA: Carta de una madre

Testimonio de una madre que ve cómo el TCA acecha a su hija. Sus palabras desgarradoras, pero cargadas de fuerza ayudan a comprender mejor el dolor...

Ésta vez compartimos el testimonio de Flors que nos acerca la perspectiva de una madre que ve cómo el Trastorno de la Conducta Alimentaria (TCA) acecha sobre su hija y la consume. A través de sus palabras desgarradoras, pero también cargadas de fuerza y esperanza, podemos comprender un poco mejor el dolor y la frustración que sienten los seres queridos de una persona con TCA.

Su tenacidad, su entrega y su firmeza a la hora de enfrentarse a la enfermedad nos llenan de admiración.

¡Gracias por esta poderosa carta y por tu esfuerzo diario!


Carta de una madre

Maldita y “malvenida” princesa Ana,

Hace tiempo que nos conocemos y nos sentamos cara a cara. Tú, dentro del cuerpo vulnerable y frágil de mi hija y yo, a su lado, desafiándote, retándote, agotada pero siempre en pie de lucha.

Después de la negación y la rabia tuve que aceptar que estabas aquí, que vivirías con nosotras una buena temporada. Sinceramente no esperaba que fuese tanto tiempo. No sé hasta cuándo tendremos que convivir, pero te aseguro que, aunque sea de por vida, no voy a ponerte las cosas fáciles. Ya habrás visto que por aquí rendirse no es una opción.

Quizás hay momentos en los que te parece que no estoy alerta, que he bajado la guardia, pero no te confíes. Únicamente estoy haciendo una parada en el camino. Pongo el freno, respiro, siento cómo el aire se me atora a la altura del esternón, lo retengo tres segundos y lo dejo ir, desinflándome lentamente. Inspiro hondo, llenándome de oxígeno, y renuevo la energía para continuar la lucha.

No te pienses vencedora porque yo no me siento vencida. Son instantes de rendición necesaria, amable, terapéutica. Nunca te lo tomes cómo una batalla ganada.

Aunque tú luches como un soldado para conquistar el cuerpo de mi hija, ya hace tiempo que esto dejó de ser una guerra para mí.  Al principio sí que lo era y esto lo hacía todo muy agotador, frustrante, injusto y difícil. Sé que cuando terminan las guerras todos salen perdiendo, incluso los que ganan. Las guerras lo arrasan todo: la vida, la libertad, los sueños, los cuerpos, la paz y la dignidad. Y no puedo permitirme perder nada más.

Te crees omnipotente, pero en realidad sólo eres un parásito que se aprovecha de adolescentes jóvenes, vulnerables, perfeccionistas y exigentes la mayoría. Personas especialmente sensibles, sumergidas en un mundo que valora el cuerpo en exceso, que premia la superficialidad, la delgadez, la fachada, el cuerpo cómo único símbolo identitario. Este mundo materialista te sirve de aliado y te fortalece, frente a ellas que se debilitan, esclavas de la presión de una sociedad que las aprieta y encarcela dentro sus redes y sus rejas.

Chicas en su mayoría, mujeres que aman, que escuchan, que empatizan y mimetizan con su entorno del que quieren sentirse parte, a veces a costa de lo que sea, cayendo así en tu trampa, una tela de araña que les parece que las sostiene y las protege, pero en realidad las hace más ligeras aún, cómo semillas ingrávidas, sin brújula, sin norte ni fin. 

Eres una compañera de baile torpe que debemos evitar que nos pise. Siempre bailando a su lado, delante o detrás de ella, sin dejarla casi respirar, ni moverse, aunque se muera de ganas de oír la música del otro lado de la calle, de huir corriendo de este baile macabro a la que sólo tú le has invitado.

Tú marcas el ritmo, el compás de sus pasos débiles siguiendo los tuyos, llevándola al abismo, creándole un agujero inmenso en el estómago, vaciándole los huesos y el alma, para que no pese y la puedas seducir y conducir hacia dónde tú quieras, cómo si fuera una pluma flotando en el aire denso y tóxico que tu expiras, ligera y sin rumbo.

A menudo te encarnas en un número, una cifra que mide su estado de ánimo. Cuánto más baja mejor, más control, más euforia, pero también más cerca del infierno, del abismo, de la muerte.

Eres un fantasma con el que no queremos convivir, un monstruo que la devora por dentro, un vampiro que la absorbe y la consume, una pesadilla persistente que solo vive en el espejo cuando ella se mira. Ella que es tan bonita, tan especial, tan sensible, tan quebradiza y fuerte a la vez. Tan necesaria en este mundo superficial e ignorante. Tan imprescindible.

La controlas como un maltratador a su víctima, como un dictador a su pueblo inocente. Su mundo gira alrededor del tuyo y de las malditas calorías, y ella busca la manera de continuar sobreviviendo comiendo lo mínimo posible.  (Respirando veneno, empapada de ti). 

Pero, aunque no te lo parezca ella quiere continuar respirando. Ama la vida. A lo mejor de una manera que no todo el mundo entiende, de una forma extraña, siempre al límite, pisando continuamente líneas rojas. Pero quiere continuar viviendo, no lo dudes jamás. 

Le queda tanto por hacer, por construir, por ser…

Tú quieres ser la protagonista de su vida, de su relato. Pero te equivocas si piensas que eres la autora de su historia.

Sólo ella la escribe y cuando ella lo decida tú, que eres simplemente un personaje secundario, serás expulsada de su vida y, en el mejor de los casos, morirás, desaparecerás para siempre como lo hacen los malos más malos de las grandes historias de ficción.

Te has topado con una familia valiente, entera, unida e íntegra que combatirá a favor de la vida de ella cueste lo que cueste. Hacemos relevos y siempre hay alguien a su lado que vela por ella, que la custodia para que no la poseas, para que no te la quedes, para que no nos la robes.  Siempre hay alguien de guardia por si apareces disfrazada de vómito, de restricción, de obsesión, de ira, de atracón, de tristeza, de llanto o de ansiedad. 

No desfallecemos. No nos rendimos. Somos muchas, somos la mano que la sostiene, la cuerda que la estira. Somos el camino que pisa, el aire que respira. 

Lo somos por ella y por tantas a las que sometes, por las que te has llevado y no volverán. Por todas ellas seguimos de pie, en alerta.

Ya ves que no lo tienes nada fácil. Yo si fuera tú me iría bien lejos, porque aquí no eres bienvenida, no tienes cabida en esta casa, en este cuerpo, en este vientre.

Te escribo esta carta porque no puedo hablarte directamente, ya que cuando te busco en el espejo después que ella se mire, tú ya has huido.

Eres cobarde y te escondes cuando ella come, sonríe, cuando se permite disfrutar de la vida aunque solo sea a ratos.

Huye de aquí de una vez por todas, apártate de ella. Se ha acabado el juego. Ella ya no es ninguna niña, a pesar de su cuerpo menudo y liviano.

Es una mujer y tiene sueños. También tiene miedo de crecer, pero quiere hacerlo. Quiere ser. Quiere vivir.

Deseo con todo mi corazón que estas sean las últimas palabras que tenga que decirte.

Este es un adiós firme, sincero y contundente.

Hasta nunca.

Firmado: la madre de ella.


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2 comentarios

  1. Leire

    Preciosa…aunque es muy triste leer estas cosas. Maldita que está en muchas de nosotras que queremos vivir la vida en libertad y nos tiene presas de sus normas. Yo también QUIERO VIVIR!!!

  2. María Jesús

    No tengo palabras, estoy emocionada. Se la acabo de enviar a mi hija para que la lea y ver qué su TCA y su sufrimiento es el de muchas personas.
    Muchas gracias

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