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Testimonio: Cada segundo duele

El testimonio "Cada segundo duele" habla sobre el dolor de sufrir Trastorno de la Conducta Alimentaria le llevó a un intento de suicidio. Lee su historia...

A razón del Día para la prevención del suicidio hemos querido seguir concienciando sobre el suicidio. Esta vez lo hacemos compartiendo «Cada segundo duele» que nos hace testigos del sufrimiento y la situación en la que se encuentra una persona cuando está al límite de dolor y desesperanza.
Deseamos crear conciencia sobre este tipo de problemas que cómo explicamos en el artículo Prevención del suicidio se puede y debe aprender a prevenir.

Hola! Me llamo Laura y tengo 20 años. Este año empiezo tercero de medicina, que me encanta. Lo que voy a contar hoy está relacionado con la universidad, con un Trastornos de la Conducta Alimentaria sufrido a lo largo de muchos años y un intento de suicidio que me hizo dejarlo todo para volver a empezar, nunca desde cero.

Cada segundo duele

Desde los 12 años he sufrido anorexia restrictiva. Un tca siempre te priva de libertad, pero para lo que me esperaba después, el sufrimiento era una mínima parte.

En esa época yo creía que me iba a comer el mundo. Hacía lo que quería con la comida, nadie se daba cuenta y yo me sentía poderosa al bajar de peso. Sabia diferenciar el tema comida del tema estudios, por lo que seguía sacando sobresalientes. Eso solo me hacía creer que cuanto más controlada tuviera mi alimentación más controlada podría tener mi vida.

Estuve unas cuatro veces ingresada en el hospital a partir de tercero de la eso. Pero no me sirvió de nada, allí solo miraban cómo evolucionaba el peso y tras una media de tres meses te daban el alta.

Segundo de bachiller fue probablemente el año en el que más se me fue de las manos. No salía de mi habitación en todo el día porque me estaba preparando la selectividad, y simplemente se me olvidó que tenía que comer. La gente me miraba con pena y yo lo notaba. Yo tampoco me arreglaba porque me veía demasiado delgada, aunque no fuera capaz de comer por miedo a engordar, una contradicción sí. Recuerdo un día cercano a le selectividad en el que me tomé una dosis de ansiolíticos bastante superior a la que tenía recomendada. Quería frenar el dolor porque cada segundo duele.

Quería olvidarme de todo por un momento, y me sentí bien. De un día para otro mi cabeza ya no podía más, no podía memorizar más. Conseguí un 10 de media en bachiller que me costó toda mi salud, y en selectividad un 13 sobre 14. Era justo lo que necesitaba para entrar en medicina. Al conocer esa noticia algo se revolvió dentro de mí. Llevaba desde pequeña soñando con el momento en que entrara en la universidad, con unas expectativas altísimas.

Me imaginaba que iba a ser la persona más feliz del mundo, y sin embargo no tenía más ganas de vivir.

Entonces fue cuando pasé del control estricto al descontrol más extremo. Empecé a comer sin pensar, me dije a mi misma que me lo merecía por lo desnutrida que estaba, y me dejé llevar. Engordé 20 kilos ese verano sin darme cuenta porque siempre llevaba pijama. Me di cuenta al empezar la universidad y volver a ponerme mi ropa de invierno.

Empecé a odiarme más que nunca y pedí ayuda a los médicos que me veían. Por desgracia, al estar en un normo peso no me hicieron caso.

Yo sentía que estaba más descontrolada que nunca emocionalmente, pero ellos solo me veían con mejor color de cara y sin anemia. Eso era lo que importaba. Como nadie me ayudaba a prevenir y tratar los atracones una vez que los había tenido, me rendí. Esto me hizo empezar a vomitar cada cosa que comía. Así estuve un año más, metiéndome los dedos 5 veces al día.

Me sentía peor que nunca, sucia, débil, gorda, mala persona, un monstruo. Tenia 18 años y yo no quería seguir creciendo y viviendo. Había vuelto a adelgazar los kilos que había subido. Esta vez a base de vomitar, y de un día para otro me di cuenta de que me había desgastado todos los dientes. Esto solo empeoró la forma de verme, a lo que se sumaba la culpa por haber vomitado tanto. No era consciente pero estaba incubando un intento de suicidio premeditado. Empecé a almacenar pastillas, a informarme de cómo morir, hasta que en mi propia cabeza dije, quiero morirme de verdad.

Recuerdo el día como si fuera ayer. 7 de diciembre, el día de mi cumpleaños.

Ese día se hizo más presente que nunca en mi cabeza que mi vida no tenía sentido, y yo ya no quería seguir. Cogí las botellas de alcohol que había en el sótano y me encerré en mi cuarto. Me tomé varias cajas de ansiolíticos mezclados con whisky. Es cierto que pensé que lo ideal hubiera sido que antes de hacer esa locura alguien me hubiese escuchado y ayudado. Pero la realidad es que me sentía incomprendida, así que espere a que me hiciera efecto la medicación para descansar de una vez.

Después de eso solo tengo recuerdos sueltos. Sonda nasogastrica, dolor, el sonido de mi corazón en una máquina, y muchas horas en observación. Después de todo eso fui trasladada a la Unidad de Trastornos de la Conducta Alimentaria donde había sido ingresada varias veces. Al ser mayor de edad, me hicieron un ingreso involuntario firmado por un juez, un médico perito y mi psiquiatra, con una duración mínima de seis meses. Estuve casi un año completo ingresada, sin pisar la calle y claro, sin estudios.

Decidieron que lo mejor para mi era anular mi matrícula de medicina ese año, para dedicarme por completo a mi problema.

Supongo que suena coherente, pero para mí fue lo peor. Lo único que había mantenido mi ilusión todos esos años eran los estudios, y ahora no tenía nada. Ya no era la chica estudiosa que no faltaba ni un día a clase, había pasado a repetir curso. Me enfadé muchísimo, yo había pedido ayuda mucho antes y no me la habían prestado por pesar muchos kilos más. En cambio ahora que estaba en infrapeso parecía que se les iba la vida. Sé sin duda que fue en esos momentos de descontrol, de pesar más que nunca, de ver mi autoestima caer. Hasta el punto de saltarme clases para quedarme en la cama y no tener que vestirme cuando decidí que yo no quería vivir más en este mundo, aunque el acto lo hubiese cometido meses después.

Ahora, casi dos años después de ese día, puedo verlo todo más claro, o al menos entenderlo. Tener un TCA no es cuestión de fuerza de voluntad, a veces simplemente no se puede y te descontrolas. Pasas de un extremo a otro y no es culpa tuya. Me martirizaba mucho con la idea de que si seguía cogiendo peso era porque era una vaga sin constancia, o que incluso me lo merecía por ser como era. Ahora me doy cuenta de que el día de mañana no quiero juzgar lo que siente una persona por lo que pesa.

Entiendo que llevar tanto tiempo en silencio, tanto dolor puede desembocar en un intento de suicidio como el mío.

Si estás en una situación parecida, yo te aconsejaría hablar con alguien que sepas que te va a escuchar. Si en un principio no quieres preocupar a tu familia, hazlo con un profesional. No pares hasta dar con uno con el que sientas confianza, porque cuando sea así sentirás un alivio increíble.

Yo sigo en tratamiento, por fin con una psicóloga que no me critica ni me juzga, que me escucha y siente mucho por todo lo que he tenido que pasar, y que ni siquiera mira el numero de la báscula porque lo que le preocupa es cómo me siento. Ya no tengo esos pensamientos de morirme a todas horas, pero tampoco me culpo por lo que hice.

Hay gente que piensa que una persona que tiene ganas de desaparecer es egoísta por no pensar en su familia y amigos, pero no es así. Yo no quería hacer daño a mis padres, y por eso había aguantado tanto tiempo, pero llega un punto en el que no puedes más, es un sufrimiento difícil de explicar. Cada segundo duele.

Espero mejorar estos años de carrera que me quedan y poder ser feliz de una vez, y creo que después de todo el camino que llevo recorrido me queda mucho menos para poder serlo.

Como bien dice el titulo del testimonio de Laura, cada segundo duele. Cada segundo duele cuando se padece un TCA. Esperamos que a través de su testimonio encontréis fuerza y esperanza en vuestra situación, porque el dolor se puede aliviar con el tratamiento adecuado.


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