Testimonio: Elijo vida

El testimonio "Elijo vida" nos acerca la durísima y real cara del Trastorno de la Conducta Alimentaria (TCA) mostrando también fortaleza y ganas de vivir

Compartimos el primer testimonio de este nuevo año y lo hemos querido hacer con «Elijo vida», el testimonio de Raquel. Ella nos descubre su historia al padecer Trastorno de la Conducta Alimentaria a lo largo de sus años. Sus reflexiones y análisis de la enfermedad nos muestra la durísima pero real cara de este tipo de trastornos, dejando espacio para mostrar fortaleza y ganas de vivir.

Elijo vida


Hasta los 15 adoré cada músculo de mi cuerpo. Me educaron para dar lo máximo de mí, incluso cuando eso implicara que fuera a pesar de mí.

A los 16 no acepté que mi cuerpo cambiara, que se convirtiera en uno de mujer. Mi casa me ahogaba.

El inducirme el vómito por primera vez me hizo sentir libre, esa falsa libertad, una gran sensación de control sobre mi vida, la cual no había manejado nunca. Era asidua a las páginas pro- ana y mía, donde registraba cada uno de los trucos que otras hablaban, pero yo me creía más lista que esas otras chicas que solo buscaban estar en los huesos, yo no iba a dejar que se me fuera de las manos, estúpida de mí.

A los 18 sentí por primera vez el rechazo de dónde debía haber habido refugio: mi familia, y con ello estreché lazos con mi amiga inseparable: la culpa.

Por aquel entonces empecé a creer que la única forma de evasión era autoinfligirme daño, que el daño físico era una vía de escape para el daño emocional. No aprendí a pedir ayuda.


Y con los años entendí que la mejor forma de tener seguridad en mí misma y de sentir que tengo todo bajo control era controlando cómo era mi cuerpo, mantenerme siempre activa, enérgica, sentirme útil, a cada momento. He llevado una vida considerada como normal e incluso podría decir que muy feliz, me gradué, estudié fuera, me independicé, me rodeé de muy buenas personas… pude decidir mi vida sin dejar que nada se pusiera en mi camino; pero siempre con limitaciones, con condicionantes, yo era mi propio obstáculo. Y por supuesto, siempre al límite del precipicio, porque controlar las calorías que entran por las que salen es la forma más absurda de lidiar con los problemas, pero sin haber aprendido a pedir ayuda ni cómo gestionar las emociones era la única forma que tenía.

El riesgo de caer siempre acechando y el pensamiento de estar recuperada un engaño.


Este año fue diferente, y con la treintena recién estrenada, la caída sobrevino de forma inesperada y repentina. Llegó de la mano del aislamiento y de la falta de actividad y productividad que supone un confinamiento.

Y esta caída supuso un descenso a mi infierno particular, un descenso en espiral, en el que según te dejas descender te cierras más, te aíslas más. Cada vez necesitaba más y más actividad para sentirme válida; y más y más ejercicio para encontrarme a gusto. Cada vez iba limitando más y más los alimentos que ingería, cada vez eran más grandes los impulsos de expulsar cada bocado. Cada vez me sentía más desconectada de mi misma, hasta el punto de tener un odio constante e irracional hacia mi persona.

Esperas tocar fondo, pero siempre hay un fondo más bajo donde caer. Y cuánto más abajo estás, menos escuchas a la gente que te quiere, más te alejas. Y llegó un momento en que vivir dolía y cada despertar un triunfo.

El primer paso, y quizás el más difícil, para encaminarme en la recuperación ha sido ser consciente del problema y del punto de gravedad hasta al que he llegado, pero también rodearme súper bien, con un gran acompañamiento profesional, del cual estaré eternamente agradecida y que me recuerda que “no estaré nadando siempre”; y un equipo de apoyo formado por las personas con las que comparto mis días. He comprendido que dejarme ayudar es imprescindible.

Esta vez no voy a sentarme a esperar a volver a estar al límite, voy a apostar por la recuperación. Elegir desde mi propia libertad, sin culpa. Ser consciente de quién realmente soy. Volver a ser y sentir. Sentirme fuerte y segura en un cuerpo que llegará a ser el que sea y que cambiará con los años. Ser capaz de disfrutar de la vida. Quiero elegir vida.

¡Elijo vida!

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