Testimonio: Libertad para una misión de entrega

Testimonio sobre Trastorno de la Conducta Alimentaria (TCA) que aborda la relación entre la religión y la anorexia, que tiene una larga historia detrás...

Este testimonio sobre Trastorno de la Conducta Alimentaria (TCA) nos llega desde Madrid. Es sumamente interesante porque aborda la relación entre la religión y la anorexia, que tiene una larga historia detrás y sobre la que hay bastantes estudios e investigaciones.

En esta ocasión, gracias a la valentía y sinceridad de Paola tenemos la oportunidad de acceder, en primera persona, a una narración detallada de cómo puede llegar a vivirse esa relación con la religión.

Lo más increíble y hermoso de este testimonio es su conclusión: SOLO DESDE LA VERDADERA LIBERTAD ES POSIBLE ENTREGARSE Y DAR AMOR A LOS DEMÁS.

¡Gracias Paola! Esperemos que sus palabras os ayuden a reflexionar tanto como a nosotrxs.

Tengo 27 años y soy de Madrid, España. Comparto este testimonio para poder, si Dios quiere, tocar el corazón de alguien que esté debatiéndose sobre si empezar o continuar en la recuperación, animando a que confíe en que hay algo muy bonito detrás de ese camino de sufrimiento.

Paola Petri

Libertad para una misión de entrega

Cuando era pequeña nada parecía indicar que fuera a desarrollar un Trastorno de la Conducta Alimentaria (TCA). Comía de todo, desde verdura hasta helados, y comía en bastante cantidad, pero sin ansias. No era delgada pero, pese a lo que a mí misma me pareció después, en absoluto estaba gorda.

Lo que sí empezaba a cultivar eran las tendencias perfeccionistas y ciertas compulsiones extrañas, que solo muchos años después identificaría como un principio de Trastorno Obsesivo-Compulsivo (TOC). Por ejemplo, tenerme que levantar en medio de la noche a cerrar una puerta con la mano derecha porque solo la había cerrado antes con la izquierda y eso no era “simétrico”.

A los 9 años, me entró un miedo obsesivo por no acabar como algunas personas de mi entorno que consideraba «demasiado gordas». Y, tal y como la cultura de la dieta propugna, creí que la única manera de evitar ese destino era mediante una dura restricción. Como eso no siempre era posible, ya que mi madre me ponía las comidas, había que compensar con un ejercicio casi constante.

Comencé a ver a mi madre como enemiga porque me hacía comer cuando yo quería negarme. Consideraba que iba en contra de una meta muy importante para mí, aunque yo no había compartido mis miedos y deseos con ella (ni con nadie) porque di por hecho desde un principio que no me entenderían, que tenía que ser un secreto.

Continué afianzándome cada vez más en la enfermedad durante mi preadolescencia, aunque yo no la tenía por tal, sino por un “estilo de vida”. Me metí en comunidades pro-ana y compré todas sus ideas sobre ser «una princesa». El hecho de que fuera capaz de llegar a mi peso meta y mantenerlo (un peso muy pero que muy por debajo de lo sano), solo aumentaba mi soberbia. Lo cual, al mismo tiempo, me servía de autodefensa si me sentía inferior a otros o ninguneada:

Siempre me quedaba ser la más delgada, y la que podía resistir a la comida con su fuerza de voluntad.

Entrando más en la adolescencia, mi anorexia tomó un cariz ligeramente distinto. Es por esa época que empecé a tomarme más en serio la religión católica, pues hasta entonces no era practicante. Desgraciadamente, no fui capaz de ver la anorexia desde los ojos de la religión. Por el contrario, interpreté la religión desde la anorexia, que en el fondo era mi verdadero ídolo.

Comencé a concebir la restricción de comida y el ejercicio inacabable como sacrificios que ofrecía a Dios. Las luchas con mi madre como persecuciones por la fe. El sentirme vacía de comida como ser espiritual y no carnal. La anorexia en sí como una llamada e incluso un don.

Equipare la perfección cristiana a lo que se llama perfección en el mundo pro-ana: estar delgada.

Nunca me planteé que lo que estaba haciendo pudiera estar mal. De hecho, veía con desprecio y como si fueran débiles a las personas que elegían la recuperación. Así pues, ¿cómo acabé yo tomando esa misma decisión? Lo cierto es que me vino de repente. No la decisión, pero sí un repentino atisbo de duda, en verano de 2016, cuando tenía 20 años. Aunque fuera ligero me afectó, porque jamás lo había sentido.

Entonces comencé a buscar en internet cosas como “anorexia y cristianismo”, así como testimonios de personas que se habían recuperado. Lo primero a lo que me ayudó fue a ver que las personas atribuían su recuperación, y no su anorexia a Dios. Lo segundo, a cuestionar ideas que tenía muy arraigadas. Si esta gente había pensado exactamente lo mismo que yo, pero ahora pensaba otra cosa… ¿sería también posible que yo estuviera equivocada?

Tardé unos meses en decidirme, pero finalmente, casi terminando el año, me atreví a hacer lo que poco antes hubiera sido impensable: le confesé todo a mi madre. Le compartí mi deseo de, a partir de ese momento, cambiar de vida y empezar la recuperación. Fue un salto que di con enorme terror, pues sabía que ya no había vuelta atrás. Ya no podía fingir que eso no había pasado y seguir con mis engaños. Y mentiría si dijera que no me arrepentí muchas veces de eso.

En efecto, sin duda la parte más dura de mi recuperación fue la tortura de la duda constante sobre si había elegido lo correcto o simplemente me había “rendido” a los placeres de la carne.

¡A pesar de que para mí era mucho más sacrificio el hacer las cosas necesarias para recuperarme que el ceder a los deseos de la anorexia! Afortunadamente, encontré un director espiritual que me ayudó a sanar mi concepción de Dios, y a comprender cómo su voluntad para mí era que fuera libre de las cadenas de la enfermedad, que floreciera en cuerpo y alma. Aunque muchas veces me seguía costando creerlo… Los pensamientos pueden ser muy fuertes y convincentes.

El primer año y medio de recuperación fue un auténtico suplicio. A cada paso pensaba que no iba a ser capaz de dar el siguiente. Tenía varios ataques de pánico al día, y el resto del tiempo lo pasaba llorando. También había alegrías, claro: la euforia de superar un reto con la comida, la inspiración de algunas chicas ya recuperadas, la paz cuando conversaba con mi director espiritual, etc.

Pero todo eso duraba poco y era débil en comparación con aguantar los chillidos ensordecedores y constantes del TCA en mi cabeza: insultándome, recriminándome, metiéndome miedo. Sentía que había elegido mal, en un momento de debilidad, que había renunciado a mi vocación de sacrificio y que por tanto Dios no me iba a ayudar en esto. Me costaba un montón creer a todos los que me decían que tras este camino de sufrimiento me esperaba una vida hermosa; yo solo pensaba que iba a ser igual de horrible, pero encima estando gorda.

Pensé muchas veces en acabar con mi vida pero, en lugar de eso, luché con todas mis fuerzas (que eran pocas) por salvarla.

No fue hasta verano de 2018 cuando todo empezó a hacer clic y a encajar en mi cabeza. Los miedos físicos permanecían, pero mis convencimientos internos y espirituales estaban más claros. Fue cuando por fin dejé de dudar de estar traicionando a mi vocación divina con mi recuperación cuando pude confiar más. Para mí, a partir de ese momento, se inició una etapa muy distinta de la recuperación, que no iba a estar exenta de miedos, dificultades e incertidumbres, pero en la que ya iba a sentir mucha más seguridad y decisión.

La voz del TCA seguía ahí, pero ahora era ya capaz de experimentarla como algo diferente de mi propia voz, que por fin era la dominante, y no una enemiga. Fue entonces, viendo con asombro cómo todo lo que me decían se materializaba en mi propia vida, cuando sentí una llamada a compartir (yo también) mi testimonio. Para poder inspirar y ayudar a otras personas. Ciertamente aún me faltaba camino por recorrer, pero ya podía hablar a quienes estaban en los momentos de mayor oscuridad para infundirles esperanza.

Ahí abrí mi primer blog y conté mi testimonio.

Lo que más pavor me daba era cuál iba a ser la reacción de mi entorno, de mis amigos y compañeros, la mayoría de los cuales no sabían nada hasta entonces. Pero me encontré con muchísimo apoyo y, lo que todavía me sorprendió y agradó más, con mucha gente que, gracias a leer mi testimonio, se atrevió a compartir conmigo sus propias historias de lucha. Sus problemas eran a veces parecidos y otras muy diferentes, pero que eran cargas que habían estado llevando a escondidas y con vergüenza.

Decidí certificarme como entrenadora personal y nutricionista para poder prestar un servicio más completo a las personas que estuvieran perdidas en los TCA o, de forma más general, en la alimentación desordenada tan prevalente por culpa de la cultura de la dieta. Al mismo tiempo, aprender en profundidad sobre el funcionamiento de nuestro cuerpo me hizo ganar una nueva apreciación por él y más ganas de confiar en él y de cuidarlo. Me estabilicé en un peso saludable para mí. Recuperé la regla. Disfrutaba de la comida.

Con todo, aún me faltaba una pieza del rompecabezas. Seguía manteniendo bastantes reglas que autojustificaba diciendo que eran “por salud”, que eran flexibles porque podía “saltármelas” (compensando después…).

Me daba miedo descontrolarme y que mi peso se disparara. 2020 ha sido mi año de trabajar en la alimentación intuitiva. Darme permiso incondicional, pero incondicional de verdad, para comer las cosas que realmente quiero, cuando quiero, en la cantidad que quiero. Sin que eso dependa de qué he comido, qué voy a comer o cuánto he pesado esta semana. Pese a todo lo que ya había vivido y aprendido, ha sido un salto difícil, en el que nuevamente me han ayudado los testimonios de personas que ya habían recorrido este camino antes que yo.

En esta ocasión, también me ha ayudado mi marido, siempre apoyándome y reconfortándome. De hecho, una de mis mayores motivaciones para dar este nuevo y duro paso, en vez de quedarme en semi-recuperación, ha sido darme cuenta de que solo con verdadera libertad puede existir una verdadera entrega de una misma, que es lo que demanda el amor (tanto en el matrimonio como en la vida familiar). Ahora es cuando siento verdadera libertad con la comida, y eso es algo que repercute positivamente en todas las áreas de la vida.

Muchas veces aún estoy tomando algo con gente a la que quiero y me emociono de poder estar disfrutando de la compañía y la comida, en lugar de estar con ansiedad, haciendo cálculos, sintiéndome privada y sin concentración suficiente para dedicarla a los demás.

Este testimonio no estaría completo si no mencionara un último hito… En el mes en que estoy escribiendo estas líneas, julio de 2021, ha nacido mi bebé. Es una bendición por la que me siento sumamente agradecida.

Yo, que en otro tiempo había trabajado en contra de mi fertilidad y los ciclos naturales de mi cuerpo, he podido ahora recuperar todo eso y hacerlo fructificar.

Yo, que había destruido mi cuerpo, he podido ahora construir otra vida y dar a luz a un bebé sano y fuerte.

Había llegado a pensar en adoptar niños para formar una familia, para educarlos en el “estilo de vida” que yo seguía (¡hasta dónde llega la locura de esta enfermedad!), puedo ahora, con el alimento que yo consumo, generar alimento para que otro ser se nutra y desarrolle.

Ojalá consiga transmitirle, según vaya creciendo, una relación sana con la comida.

Paola Petri


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