Testimonio: Perfecta no, guerrera por favor

Testimonio sobre TCA lleno de fuerza, de lucha, de esperanza, que invita a muchas reflexiones interesantes y a formularse importantes preguntas...

En esta ocasión, Oskia nos comparte su testimonio sobre su Trastorno de la Alimentación (TCA), en este caso anorexia nerviosa. Su testimonio es un texto lleno de fuerza, de lucha, de esperanza, que invita a muchas reflexiones interesantes y a formularse importantes preguntas. Es una auténtica inyección de optimismo realista que nos recuerda que MERECEMOS SER LIBRES. Que merecemos la recuperación total. Que hay una vida después del TCA. Que nunca es tarde para perseguirla aunque el camino sea largo y difícil.

Oskia nos escribe lo siguiente:

Soy de Pamplona y me motiva dar mi testimonio porque creo que puede ayudar a personas que estén transitando su proceso de recuperación. Porque creo que el hacer comunidad favorece y visibiliza. Y porque desde Proyecto Princesas me habéis ayudado y creo que hacéis una labor excepcional.

¡Muchas gracias! Es posible gracias a personas como tú, que invierten su tiempo y energía en compartir su experiencia con los demás y en seguir enriqueciendo este espacio. Sin más dilación, os dejamos con este increíble testimonio.

Os dejo mi foto con Nika después de un paseo por el monte. Un entorno al que he podido volver y del que puedo disfrutar. Hoy más que nunca.

Perfecta no, guerrera por favor

Me presento antes de comenzar a contaros un poquito de mi historia y de mi gran lucha.

Soy Oskia, una mujer de 42 años. Con 18 me diagnosticaron anorexia nerviosa. Fui yo la que, en mi casa en aquellos años, dije que no me encontraba bien y que creía que podía tener esta enfermedad. Mis aitas se echaron las manos a la cabeza porque apenas sabían de qué se trataba (les parecía que podía ser una “manía») ni por qué yo había contraído aquello que sonaba tan mal. En aquellos tiempos (año 1999) era una enfermedad poco conocida y mucho menos se hablaba de ella a nivel social ni familiar.

Os paso a contar un poquito los antecedentes en este punto.

Con 4 años empecé a practicar gimnasia rítmica. Recuerdo que me gustaba, pero me llevé la peor parte: la hipervigilancia sobre el peso, la sobrevaloración de la delgadez, la conexión entre delgadez y perfección, la delgadez como supremacía. Recordad que os estoy hablando de los años 80.

También influyó mucho el referente de mi “amatxi” en mí. Ella era “divina”, siempre estupenda. Era de esas mujeres de antes cuyo máxima era “para presumir sufrir”. Y sin ninguna intención, ella me inculcó que había que estar siempre perfecta para los demás (y para una misma). Tenías que estar delgada y comer poco. Comer era algo “superfluo”. Y yo la admiraba y la quería a morir. Por tanto, todo aquello se me quedó grabado a fuego.

Y no podemos olvidar mi propia genética y mi carácter. Desde muy pequeñita he necesitado hacerlo todo bien (perfecto). He temido ser rechazada (en cualquier ámbito). He buscado siempre la aprobación y la valoración externa (aunque para ello tuviese que desgarrarme por el camino) y no había cosa que más me hiciera sufrir que “fallar”, en el más amplio sentido: fallar en el colegio, fallar como hija, fallar en el deporte, fallar como amiga…

Así que mi personalidad se consolidó conforme a lo que el resto quería que fuese. Para agradar, para “no fallar”. Para ser aceptada y “querida”.

Así que, con estos ingredientes y otros muchos que no me da para mencionar, con 20 años tuve mi primer ingreso en el pabellón de psiquiatría del Hospital. Uno de mis peores recuerdos. Una experiencia durísima. Y a ésta le han seguido (a lo largo de todos estos años) otros 3 ingresos más. Podría escribir millones de cosas, pero sé que muchos de los que estáis leyendo esto sabéis de qué hablo.

Sólo me gustaría dejar aquí una reseña. En ninguno de los 4 ingresos me han ayudado de verdad a superar mi enfermedad.

Es verdad que me han salvado la vida (siempre he ingresado al límite), pero una vez que he salido de la zona de “peligro de muerte”, me han vuelto a poner en el mundo sin ninguna herramienta adquirida para afrontarlo de otra forma que no fuese con el escudo de la “anorexia”. Para mí este es uno de los grandes fallos del sistema.

Entras en una rueda de la que es difícil salir (ingresas, sales, recaes y vuelta a empezar, pero más hundida psicológicamente que la primera vez). Así que, desde aquí, me permito hacer un llamamiento a los Servicios de Salud Públicos para que revisen protocolos, se actualicen e inviertan de verdad en procedimientos y profesionales para que la recuperación total sea un fin y no una utopía.

Porque si ni siquiera ellos creen en la RECUPERACIÓN TOTAL. ¿Qué pueden transmitir? ¿Con qué ganas afrontan la recuperación de cada paciente? ¿Qué motivación pueden tener si piensan que somos “casos perdidos”?

Sólo lo dejo como reflexión, porque este tema da para muchas horas de debate…

Yo he tenido la suerte de contar desde hace tres años con un equipo profesional maravilloso (por supuesto privado). Un equipo multidisciplinar (dietista y psicóloga) que me ha salvado de la ESCLAVITUD. Y digo la suerte porque no es fácil encontrar a profesionales de esta categoría y poder pagar el tratamiento íntegro (que no se nos olvide que mucha gente no se lo puede permitir).

El acceso a un buen tratamiento sigue siendo “discriminatorio”. Ellas me salvaron hace 3 años pero, además, emprendieron un camino a mi lado cuya meta no era otra que CURARME. He trabajado mucho y también he tenido la suerte de tener a mi familia incondicionalmente a mi lado. Nunca podré agradecer todo lo que han hecho por mí.

Han sido 3 años duros en los que todo no ha sido mejorar (también ha habido esas recaídas que forman parte incondicional del proceso). Pero he seguido luchando. He seguido peleando. He continuado apoyándome en todos los que me quieren, siempre confiando en mi equipo y en mí misma.

Y hoy puedo decir que la RECUPERACIÓN es un hecho. Que se puede vivir en LIBERTAD.

Que se puede SENTIR sin pensar. Que los pensamientos tormentosos llegan a desaparecer. Que poco a poco va floreciendo una Oskia nueva y verdadera. Una Oskia fuerte, con unos valores intrínsecos, una Oskia segura de sí misma. Una mujer a la que no le hacen falta las máscaras de la anorexia porque sabe que por sí misma ya es maravillosa. Una Oskia conectada con su esencia y su alma.

Una Oskia que vuelve a ser espontánea, divertida, alocada, amorosa. Una Oskia que mira la vida de frente, no a través del reflejo de un espejo. Una Oskia que sabe que vale mucho más que lo que la anorexia valoraba en ella. Una mujer LIBRE.

Hoy pienso que la enfermedad me ha hecho vivir una vida “dura” pero que el resultado es que hoy soy una gran LUCHADORA, y que el proceso de la recuperación me ha regalado muchas cosas.

A día de hoy puedo decir que la recuperación es real, pero también afirmo que voy a seguir mi proceso personal porque cuanto más me conozco, cuanto más me trabajo, más me quiero.

Quiero despedirme agradeciendo de nuevo sobre todo a mi familia el estar a mi lado. El comprender esta enfermedad como lo han hecho y el confiar en mí siempre (aunque muchas veces no se lo haya puesto fácil). A mi equipo de apoyo, que son unas profesionales excepcionales y que en ningún momento me han dejado tirar la toalla, porque ellas confiaban en que podía poner un punto y final a esta enfermedad.

A mi amor, Raúl, que es el mejor compañero de vida que puedo imaginar. Su amor ha sido siempre la inyección de fuerza que me hacía falta en los peores momentos. Y a muchas más personas que están en mi vida y sin las que todo hubiese sido todavía más duro.

Y no puedo olvidar mandar un abrazo a Miriam Sánchez, porque ella me abrió un horizonte de esperanza. De ella he aprendido lo inimaginable. GRACIAS por estar tan comprometida y por tu GRAN TRABAJO. Eres un ángel para todos nosotros.

Espero que mi testimonio pueda ayudaros a confiar en el proceso. En vosotros mismos, en los profesionales. Y a tener como meta la RECUPERACIÓN TOTAL y la LIBERTAD.

¡PORQUE NOS MERECEMOS VIVIR UNA VIDA PLENA Y LIBRE! Os mando toda mi fuerza y mi cariño.


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