Testimonio: No necesitas al trastorno, te necesitas a ti

Testimonio sobre su experiencia con un Trastorno de la Conducta Alimentaria (TCA) que consigue transmitir, la honestidad, la crudeza... la seriedad...

Este testimonio sobre su experiencia con un Trastorno de la Conducta Alimentaria (TCA) nos lo envía Yasmin. Te aseguro que si llegas hasta el final vas a quedarte sin palabras por la fuerza que consigue transmitir, la honestidad, la crudeza… la seriedad.

La recuperación es un compromiso diario, como bien nos recuerda, pero es sin duda el camino ––el único–– hacia la libertad y la felicidad.

¡Estamos convencidas de que seguirás escalando hasta tu propia cima!

No necesitas al trastorno: te necesitas a ti

Me gustaría comenzar mi historia con el primer momento en que sentí que necesitaba mantener mi cuerpo de una cierta manera. Tenía 4 años cuando empecé mis clases de ballet como taller en el kínder. Pasó el tiempo, las personas cercanas a mí y mi familia me hacían comentarios sobre lo bonito que sería mi cuerpo en el futuro por el simple hecho de practicar ballet.

En un inicio me gustó recibir esos comentarios y me sentía orgullosa. Que me dedicaran esos halagos, aún siendo tan pequeña, quedó grabado en mi mente.

No sabía el infierno que me esperaba después…

Pasó la primaria y dejé de bailar. No fue decisión propia, pero surgieron otras situaciones. Después, en la secundaria, un día nos pesó la enfermera. Era algo normal cada año, pero en esta ocasión no me gustó lo que vi. Un número más alto que el pasado. De inmediato pensé: «¡qué gorda estoy! Necesito bajar».

Así fue mi camino hacia las dietas. Empecé la primera a los 14 años. Contaba con el apoyo de mi familia. Yo ya había crecido en ese ambiente alrededor de las dietas, pero nunca pensé que al final se convertiría también en mi objetivo.

Pensé que sólo la haría hasta bajar lo «necesario». Esa fue la primera mentira. No fue así.

Luego de unos meses ya no bajaba como quisiera, pero me conformé por un momento. Decidí dejarlo de lado. Aunque ahí se quedó la semillita de «¿por qué no bajar un poco más?».

Regresé al ballet a los 16 años y estaba muy emocionada, aunque me preocupaba mucho el sentirme gorda para bailar. Llegó el primer festival de la academia. Fue en diciembre cuando me dieron el vestuario y no me quedó. Tuve una crisis. Quería llorar, no quería salir al escenario. ​

No le dije a nadie como me sentía. Sólo pensé que nunca me volvería a pasar algo así, aunque tuviera que morir de hambre.

No sabía que lo peor estaba por venir. Después de una ruptura amorosa caí en una depresión muy fuerte. No me dí cuenta hasta que ya estaba totalmente hundida. Después de eso perdí el gusto por todo: la comida, bailar, salir, la escuela… vivía en modo automático. También dije adiós a la regla. Casi no comía. Nunca tenía hambre.

Empecé a tomarle el gusto a eso. El gusto a no comer. El gusto a sentirme poderosa, a sentir que tenía el control. Control que en realidad nunca tienes, pero que te gusta hacerte la idea de que sí.

La desconexión con mi cuerpo y emociones se activó por completo. Yo no quería sentirme tan vulnerable. No quería sentir nada. Estaba drenada emocionalmente. No podía más. El único control lo tenía sobre mi alimentación y ejercicio.

Seguí en la academia, pero ya no disfrutaba bailar. Lo hacía porque estaba comprometida, pero era como no estar ahí. Era lo único que me quedaba. Durante ese tiempo también bajé de peso, pero sobre todo lo hice en los dos últimos meses antes de la presentación de junio.

Recuerdo cuando nos dieron los vestuarios para medírnoslos y ver si tenían que ajustarlos. Me puse el vestido y me miré en el espejo. Me vi tan gorda que lo único que hice fue quitármelo y entregarlo.

Un día en especial recuerdo levantarme y, antes de ir a la escuela, verme en el espejo como de costumbre. Y mirarme de verdad: me vi sin vida. Estaba cansada y me quería morir.

Fue mi cumpleaños 17. Me compraron mi pastel favorito, y después de comer me sentí culpable. Días después compré un libro, “Skinny Bitch”, que me obsesionó. Yo ya no quería comer nada. Todo tenía algo dañino. Cambié totalmente mi alimentación. Siempre que regresaba de ballet moría de hambre, y no quería comer porque pensaba: «de qué sirve todo el ejercicio que hice si ahora voy a comer». Me sentía como un fracaso.

Empezaba mis días odiando mi reflejo. Comenzaba a llorar de rabia por no poder huir de mi cuerpo, por no poder dormirme y no despertar hasta que cambiara.

Sentía repulsión por la comida y no sabía cómo parar con todos mis pensamientos. Cuando comía luego me provocaba el vómito. Así no engordaría. Ya no podía dejar de contar calorías y de hacer ejercicio como loca. Pasé de _ o _ veces a la semana provocarme el vómito a todos los días, todo lo que comía, y eso que no eran grandes cantidades aún.

Todo comenzó en mi cabeza. La voz que me decía qué hacer, qué comer, cuánto tiempo hacer ejercicio. La que me felicitaba y castigaba cuando era necesario. Mi cuerpo dejó de ser mío hacía mucho tiempo, y ahora lo único que sentía por él era asco, odio. No lo soportaba.

Después de un tiempo llegó el hambre incontrolable. Todo lo iba vomitar porque engordar no era una opción. ¿Cuándo consideraba parar? Cuándo veía que salía sangre de mi boca. Cuando llegaba ese horrible ardor y agruras.

Mi obsesión era tan grande… y cada día tomaba más fuerza. Me consumía, me mataba, me lastimaba, y aún así la defendía. Porque era lo único que tenía.

Pasó el tiempo. Tenía 18 años. Entré a la universidad y no veía un futuro para mí. Me quería morir. No me imaginaba en un año, mucho menos en cuatro acabando la universidad. Tal vez, lo único que veía era estar sola y vomitando, porque ya no me quedaban más energías para seguir.

En cuanto a la comida y al ejercicio, volví a ser más estricta. Me faltaba energía para las exigencias de la universidad. Empecé a tomar unas pastillas para el gym que eran quemadoras y me daban mucha energía. Después de unos meses ya no me hacían tanto efecto. Cada vez necesitaba más. Mi salud se afectó en otros sentidos: se sumaron la baja presión y las náuseas por todo.

No sé cómo tenía energía, pero hacía mucho ejercicio y todos me veían como la fitness , super disciplinada y controlada. Eso me encantaba. Era mi identidad.

Llegaron los atracones, en los que por un tiempo todo se detenía y no importaba nada más. Cualquier emoción que sentía en ese momento desaparecía. Al vomitar todo era mejor. ​Pero era una sensación que tenía que sentir cada vez más y más.

Era una liberación de todo lo malo… sentirme vacía durante un instante era lo mejor. Porque sentirme llena era insoportable, y el miedo a engordar era todavía peor. Cada vez que intentaba dejarlo no podía y me rendía por momentos. La voz en mi cabeza siempre me atormentaba.

Durante esa temporada, por suerte, tuve a algunas personas que me ayudaron a atravesar esos días tan difíciles para mí. Si bien no me recuperé, sí que me ayudaron muchísimo a seguir viviendo cuando pensaba que ya no podía más. No tengo palabras para describir ese agradecimiento. Era como si cada vez que me escucharan viera un poco de luz entre tanta oscuridad, al final del túnel.

En especial mi coordinadora de carrera, que siempre estuvo acompañándome desde el momento en que se lo conté hasta que me gradué. Nunca perdió la fé en mí. También mi psicóloga, que estaba siempre ayudándome a ventilar aspectos de mi vida que no comprendía, pero que poco a poco fui integrando y sanando.

Así fueron los años siguientes. Tenía altas y bajas con los síntomas, pero nunca desaparecieron. Los primeros meses me sentí muy bien. Tenía el control, me sentía fuerte… pero después nada me era suficiente.

Se convierte en una obsesión. No te la puedes sacar de la mente. Son años de pensamientos y conductas. No es como levantarse un día y decir «voy a dejar de comer o vomitar». Sólo quería aliviar mi dolor y tener un respiro de todas las emociones acumuladas, aunque fuera por unos minutos.

En esos momentos los vómitos fueron mi solución a mi malestar emocional. La ilusión del control nunca sería suficiente.

Cuando decidí hablar sobre lo que me pasaba con alguien, siendo honesta, no estaba buscando recuperarme, porque el simple hecho de pedir ayuda me producía un inmenso miedo de dejar todo lo que me había hecho sentir un “poco mejor”. Pero con el tiempo fui conociendo un poquito sobre mi historia y entendiendo cada vez más y más.

Actualmente estoy en tratamiento. Fue la mejor decisión. Ahora puedo decir que seguiré luchando, y esta vez será por y para mí. Ha sido todo un caminar, pero me negaba a seguir “sobreviviendo de esta manera”. Estoy muy agradecida con las personas que me acompañan en el proceso.

Elegir la recuperación es una elección diaria que tengo que asumir. No es fácil, pero te aseguro que es la única manera de realmente vivir y ser feliz.

Tal vez nunca sientas que estarás lo suficientemente enfermx, como yo lo pensé los últimos años. Pero, ¿por qué postergar tu felicidad y libertad? Puedes cambiarlo ahora. No tienes que hacerlo solx, siempre habrá alguien dispuesto a escucharte y apoyarte mientras encuentras tu camino a la sanación.

Pienso en los momentos de lucha, no sólo con mi familia, sino conmigo, con mi cuerpo y mi mente. Pienso en los momentos donde me convencía de que mi hambre era mi cuerpo aplaudiendo y sintiéndose fuerte. Pienso cuando discutía con mi mamá por la comida pensando que sólo quería hacerme daño. Mi mente me convencía de que era el enemigo.

Pero de todos esos momentos también pienso en los más importantes. Cuando mi enfermedad me gritaba que no comiera eso o que vomitara una vez más, pero conseguía negarme.

Y ahora estoy aquí, mirando desde un punto más alto. No desde la cima quizá, pero hay una vista muy bonita de mi futuro y de todo lo que vendrá.

No necesitas al trastorno, te necesitas a ti, reconócete.

Yamin


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