Testimonio TCA: Recuperando la libertad

Experiencia personal cargada de esperanza, de fuerza, de perseverancia y honestidad. Nos recuerda la importancia de desear recuperarse... de libertad

Esta vez Micaela nos trae un testimonio cargado de esperanza, de fuerza, de perseverancia y honestidad. Nos recuerda la importancia no sólo de desear recuperarse… sino de emprender acciones para ello hasta lograr la libertad.

Esperamos que encontréis en sus palabras la inspiración que ofrecen, y que os ayuden a comprometeros con vuestra salud con la sinceridad que ello requiere. ¡Gracias Micaela por tus palabras!

Argentina. 30 años. Llevo 3 años desde que me diagnosticaron anorexia nerviosa, y me gustaría aportar mi testimonio como motivación para decir que se puede, que es posible salir. Me encuentro en pseudorecuperación. Anhelo una recuperación total. Libertad.

Micaela

Recuperando la libertad

Independiente. Libre. Inteligente. Joven. Bella. Siempre fueron palabras que me describían. Argentina. Oriunda de Pérez Millán, un pequeño pueblo. A los 17 años me fui a vivir sola a la ciudad de Rosario con el fin de concretar mi carrera de Ingeniera Industrial.

Trabajé dos años de mi profesión, cuando a los 25 decidimos junto a mi novio emprender uno de los mayores sueños. Viajar y recorrer el mundo. Estuve viviendo en el exterior y conociendo culturas y lugares impresionantes por el lapso de dos años.

Pero al regresar a Argentina, en un principio con la idea de visitarla por un mes, aquellas miradas en Ezeiza fueron tan desgarradoras como evidentes.

El recibimiento de mis viejos y mi hermana en el aeropuerto fue emocionante pero raro. Era un “te extrañamos”, pero que ocultaban un “necesitas ayuda urgente”. Y así me pasó con cada una de las personas con las que me reencontré por aquel entonces. Así que sin ponerlo en duda accedí, tímidamente, a buscar ayuda profesional. Y ahí fue mi primer click.

Cuando me pesaron de espalda a la balanza me dijeron que estaba para internarme. Abrí los ojos. Recién ahí me vi más flaca, chiquita. Me vi los huesos, los brazos, la columna, las ojeras, el poco pelo, las uñas, la piel. Era un papel, casi transparente. Había estado tan lejos geográficamente, pero tan cerca emocionalmente, aferrada a mis raíces, a estos lazos. Me sentí niña nuevamente. Frágil. Débil. Culpable. Dependiente.

Ya hacía tiempo que no menstruaba. Detalle no menor, pero que sin embargo hasta ese entonces me había “venido bien” para viajar más cómoda. Pero me cayó la ficha. Tal vez tarde, porque llegué a pesar muy pocos Kg, pero a su vez a tiempo, ya que todavía estaba viva y quería seguir viviendo.

Me estaba matando, en silencio. O bien, pidiendo a gritos ayuda, sin decirlo pero hablando a través de mi cuerpo.

Y fue tanta la culpa que sentí… de ser una persona que podía controlarlo todo, de tener una vida planificada y organizada, a de repente pasar a no haber podido controlar a mi propia mente. La enfermedad me había ganado y estaba controlando mi vida. Y es ahí, en ese punto de inflexión, que reconocí que la anorexia nerviosa se había apoderado de mi mente. Y había llegado la hora de aceptarlo.

Pero es una enfermedad que con aceptarlo no alcanza. Se necesita tomar coraje y empezar con acciones. Comer y hablar. Dos cosas que parecen tan simples, pero que a la vez cuestan tanto. Comencé con un tratamiento junto a profesionales, terapia, psiquiatra, nutricionista. Y con un apoyo incondicional de mi familia, mi novio y amigos. Cada uno acompañando como podía, no los juzgo, es muy difícil.

Porque uno es el que lo padece, el que lo refleja, pero el sufrimiento se reparte entre todo el entorno que te quiere. Y eso era lo que no podía perdonarme. El hacer sufrir a los demás. Recién después de 2 años pude entender que no es algo que elegí, y que el sentimiento de culpa no me estaba ayudando. Estuve poco más de medio año en tratamiento en Argentina. Logré ciertos objetivos en ese tiempo, pero se trataba más una cuestión de estar bien en cuanto a salud física (peso-centrista), para así permitirme cumplir con otro proyecto en el exterior.

Y así fue que, llegado a un cierto peso, me fui a vivir a Nueva Zelanda. Otra vez lejos, dando cierta tranquilidad a los que quedaban acá, prometiendo continuar con mi recuperación en aquel país. Era evidente que, si bien no estaba como en un principio, tampoco estaba al 100% recuperada. Y eso lo sabía. Sin embargo pasó un año y medio sin grandes variaciones en cuanto al peso. Por un lado daba alivio, pero tampoco había recuperado todo lo que mi cuerpo necesitaba, pues seguía sin menstruar y eso era señal de que a mi organismo algo le faltaba.

Pero me daba miedo, no quería seguir aumentando, compensaba con actividad física o con comidas al otro día. Situaciones que me di cuenta cuando, frente a la pandemia de coronavirus, regresé a la Argentina. Haciendo una limpieza de redes sociales me encontré con otros tipos de contactos en los que se hablaba de la pseudorecuperación.

Lo más triste es que hay tanta aceptación social de lo fit, del movimiento, de lo que se debe y no se debe comer, de los alimentos buenos y malos, de las compensaciones, de no poder relajarte y disfrutar ni simplemente vivir sin culpa, de influencers que contaminan mentes…

Es una sociedad en la que se hace difícil reconocer que hay muchas personas con algún trastorno alimenticio. Hay actitudes alarmantes que están culturalmente aceptadas. Por todo esto, resulta cómodo vivir en una pseudorecuperación. Es fácil. Lo complicado es verlo y querer hacer algo con ello. Y acá estamos.

Ya van casi 3 años que convivo con la enfermedad, en distintos niveles destructivos. Transitándola lo más amigable posible Días mejores, otros no tanto. Creo que la peor parte ya la pasé, ya toqué fondo. Hice mi primer click y salí de una parte muy dura, muy oscura en la que maltraté mucho a mi cuerpo. Sé que no quiero volver a estar ahí.

Sin embargo, aún me falta. Hace algunos meses tuve mi segundo click, y me di cuenta de que necesito, quiero y puedo darle un cierre a esta enfermedad. Una manera de ayudarme a alcanzar esa recuperación total, además de contar con el apoyo incondicional de quienes me rodean, es trabajando en conjunto tanto con terapia y nutrición como en lo espiritual.

Y lo más importante, aunque cueste más de lo que me imaginaba, son las ganas y el deseo de volver a ser libre. ¡A por la libertad!

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