Testimonios LGBTIQ+

Testimonios LGBTIQ que abordan la relación entre la identidad de género y/o la orientación sexual y el desarrollo del Trastorno de la Conducta Alimentaria

Desde Proyecto Princesas queremos compartir una serie de testimonios de personas LGBTIQ+. Esta vez queremos abordar la relación entre la identidad de género y/o la orientación sexual y el desarrollo de un Trastorno de la Conducta Alimentaria (TCA). Jordi, Raquel y Mayo nos han hecho llegar sus experiencias para que conozcamos más de cerca esta realidad.

Hay muchos factores implicados en la aparición de un TCA. No podemos simplificarlos o reducirlos a una lista. Lo que sí parece evidente es que sufrir algún tipo de injusticia social, y sufrir LGBTIQfobia en particular, puede ser un factor determinante a la hora de desarrollar una relación tormentosa con el cuerpo y la alimentación y, en el peor de los casos, un TCA.

Ser LGBTIQ+ supone estar expuesto a una presión estética todavía mayor debido a diversos factores. Estos pueden ir desde la necesidad de performar una masculinidad hipertrofiada en algunas comunidades gays (lo que puede llegar a desencadenar trastornos como la vigorexia o la adicción al ejercicio físico) a la de modificar el tamaño corporal para adaptarlo a los ideales cisnormativos de la sociedad en el caso de algunas personas trans.

Por desgracia no podemos recoger ni siquiera una pequeña muestra de todo el abanico de experiencias posibles. No obstante, hemos intentado ofrecer una visión variada de esta intersección TCA-LGBTIQ fobia, recogiendo testimonios de un chico cisgay, un chico trans bisexual y una chica cislesbiana.

Queremos resaltar que todos ellos son personas blancas que habitan en un país europeo. La violencia y la discriminación aumentan exponencialmente cuando además se trata de personas migrantes, racializadas, neurodivergentes, pobres… hacemos esta aclaración para no olvidar la importancia de remarcar el carácter interseccional de la opresión. Dicho esto… ¡esperemos que estos testimonios os sean de mucha ayuda comprendiendo esta realidad!

Feliz mes del Orgullo. La lucha sigue.


Jordi (37 años, Barcelona) nos explica cómo ha influido en su vida el ser víctima de bullying homofóbico en su adolescencia.

«Mi vida me daba pánico».

«Empezaron a llover por parte de compañeros de clase burlas, humillaciones y comentarios, con la única finalidad de herirme. El problema vino en el momento en que no supe pedir ayuda, ni a mis padres ni a los profesores, tal vez por vergüenza. Así que la decisión fue que la herida quedara abierta. Sumado a que yo era un chico inseguro, tímido, introvertido, que creía que todo lo hacía mal… llegó un día en que me miré en el espejo y lo único que vi era a la persona que más odiaba en el mundo. Me daba pánico ir al colegio. Me daba pánico oír la palabra “homosexualidad” en cualquier contexto… mi vida me daba pánico. Entonces me di cuenta de que si no comía, toda la atención se dirigiría a eso y no a las humillaciones.  Lo único que creía poder controlar era mi peso.”

Por otro lado, Mayo (23 años, Sevilla) insiste en cómo la personas trans binarias que deciden realizar una transición física interiorizan los cánones de belleza asociados al género de manera incluso más intensa que las cis.

«Nuestra supervivencia y validación dependen de ello».

«Nuestra supervivencia y validación dependen de ello. La condición que nos impone la sociedad y la medicina para aceptar y reconocer nuestros cuerpos se basa, precisamente, en que cumplamos a rajatabla con una imagen estereotipada de lo que significa ser hombre o ser mujer, tanto física como psicológicamente, y bajo este prisma queda justificado prácticamente lo que sea.».

Por último, Raquel (31 años, Palencia) nos relata cómo la no aceptación de su orientación sexual por parte de su entorno más cercano fue un gran detonante para el desarrollo de su TCA.

«Fue un caldo de cultivo perfecto para la aparición de conductas desordenadas con el ejercicio y la alimentación».

“Los mensajes internalizados de no ser suficiente, el crecer sin referentes, el miedo al rechazo, la inseguridad generada de intentar compensar todo ello con un alto nivel de autoexigencia y con la necesidad de control, el hecho de relacionar la forma física fuerte y atlética con la valentía y la fuerza mental, el buscar la seguridad personal que me faltaba en el control de mi cuerpo… fue un caldo de cultivo perfecto para la aparición de conductas desordenadas con el ejercicio y la alimentación. Además, la imagen estandarizada (y errónea) de que una persona que sufre un TCA es una mujer superficial y obsesionada con la delgadez, inmersa en el mundo de la estética y la moda, me alejó de la búsqueda de tratamiento por sentir que no cumplía con ese modelo”.

Como puede apreciarse, lo que tienen en común los tres relatos es la necesidad de buscar aceptación social y personal intentando encajar en los cánones de belleza y normalidad asociados a cada género.

Además, la investigación es clara y contundente: el colectivo LGBTIQ+ es muy vulnerable a los TCA. En este sentido, Raquel aclara que:

“La LGTBfobia interiorizada provoca sentimientos de vergüenza, culpa y rechazo, baja autoestima y autoaceptación… Todo esto, sumado al hecho de poder sufrir acoso, violencia o rechazo, supone un gran peligro para una persona que no tenga las suficientes herramientas para afrontarlo. Esto la puede llevar a recurrir a conductas autodestructivas. No solo somos susceptibles de sufrir los factores estresantes cotidianos. También aquellos que experimentamos específicamente por nuestra identidad de género u orientación sexual.”

Dentro del colectivo también han ido surgiendo algunas dinámicas propias o imágenes estereotipadas de lo que significa, física y conductualmente, ser una persona LGBTIQ+. Esto es especialmente significativo en la comunidad gay. Jordi cuenta cómo

“En la sociedad en la que vivimos se habla de la imagen sobre todo respecto al cuerpo femenino. Dentro del colectivo gay la exigencia sobre el cuerpo es muy parecida. Esto puede acarrear una obsesión, y la línea que separa la obsesión por una determinada imagen corporal de un TCA es muy fina.»

Por otro lado, el colectivo trans* también se enfrenta a un tipo de violencia específica que afecta primariamente a sus cuerpos. Mayo quiere destacar cómo la modificación corporal es prácticamente una exigencia, de parte del entorno y de los profesionales sanitarios, para que sus identidades de género sean reconocidas.

“La sociedad nos expulsa de la normalidad por nuestra conducta y expresión sexuales. Tenemos que esforzarnos el doble por cumplir con los estándares. Llegamos a creer que mimetizándonos con el medio conseguiremos la paz que merecíamos por el simple hecho de existir”

Tampoco podemos olvidarnos de los obstáculos extra que se suelen presentar a la hora de solicitar ayuda de los servicios sanitarios. Muchas veces no cuentan con los conocimientos suficientes como para detectar un TCA en aquellas personas que no encajan con el estereotipo de la mujer cis adolescente, blanca y extremadamente delgada. Jordi narra cómo ha ido evolucionando esta situación a lo largo del tiempo:

“Cuando desde el colegio alertaron a mis padres de que no comía, me llevaron a una psiquiatra. Todo fue un ‘no os preocupéis’. Veinte años después, actualmente, ha sido diferente. Hace año y medio me llevaron a urgencias por mi estado físico, anímico… En cuestión de una semana me llamaron de la UTCA, me exploraron y en pocos días ingresé en el Hospital de Día.”

Las personas trans*, en este aspecto, no sólo se enfrentan al obstáculo de no encajar dentro de este estereotipo. También tienen que luchar contra el hecho de que las instituciones médicas, a día de hoy, no los incluyen en sus estudios ni en su imaginario.

“Los profesionales sanitarios tienen un gran trabajo que hacer si quieren garantizar un acceso igualitario a servicios a los que, supuestamente, deberíamos poder optar como ciudadanas de un país con un sistema de Seguridad Social que condena la discriminación y reivindica el derecho universal a la salud. Las personas trans* intentamos por todos los medios eludir la consulta. Es uno de los espacios donde más transfobia sufrimos.”


Esperamos que estos testimonios sean de utilidad para visibilizar una realidad que con demasiaada frecuencia pasa inadvertida. La LGBTIQfobia campa a sus anchas por nuestras calles. A veces de manera más evidente y otras menos. Está presente en nuestras causas, en nuestras aulas, en nuestros barrios y, por desgracia, también en nuestros hospitales y centros de salud de cualquier tipo.

En muchas ocasiones olvidamos que la injusticia social persigue a los individuos en todas las áreas de sus vidas. No duerme, no descansa, no da respiros. Mejorar la situación de las personas LGBTIQ+, sin importar cuán directamente o no nos afecte su discriminación, está en manos de todos. Es un requisito para crear sociedades más libres y éticas para cada uno de nosotros.

Para finalizar, dejamos una frase del equipo sobre la que reflexionar:

Somos diversidad y no tenemos miedo. Hagamos visible lo invisible. Luchemos por nuestra libertad y los cuerpos que nos han robado.


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