Alimentación emocional, hambre del corazón

¿Conoces el "hambre del corazón"? En este artículo profundizamos en este tipo de hambre para hablaros sobre la alimentación emocional...

¿Alguna vez te has sorprendido comiendo sin sentir realmente hambre en el estómago? ¿Sabes distinguir el hambre emocional del hambre física? ¿Te has visto alguna vez en la situación de comer para llenar el vacío emocional, calmar la soledad, anestesiar el rechazo o calmar una herida emocional profunda?

Hace poco Adrián Quevedo nos habló de «Los tipos de hambre». Entre los tipos de hambre que nos mostró se encontraba el «hambre del corazón». En este nuevo artículo, Tatiana Muñoz se encarga de profundizar en este tipo de hambre para hablarnos sobre la alimentación emocional.

AVISO DE CONTENIDO: en este post hablamos sobre el famoso «hambre emocional» y sus causas. También ofrecemos un ejercicio para agradecer por aquellos alimentos que nos reconfortan cuando lo necesitamos. Aunque de ninguna forma demonizamos aquí este tipo de hambre, quizá si estás inmersa actualmente en un proceso de recuperación de un TCA restrictivo prefieras posponer la lectura este post. Si aun así decides leerlo, queremos recordarte que DE NINGÚN MODO la restricción es la respuesta a ninguno de tus problemas. El hambre emocional como cualquier otro hambre está ahí para ayudarte, para que la escuches y no para que la suprimas, para indicarte algo que te falta. Por otro lado, si comer es ahora tu principal herramienta para lidiar con tus emociones, no pasa nada ni estás haciendo nada malo o inmoral.

Alimentación emocional, hambre del corazón

A nadie le sorprende que la comida sea mucho más que una fuente de energía. Con la comida me puedo calmar, distraer, entretener, dar placer, recompensar e incluso castigar.

La comida puede convertirse en una medicina instantánea, en un analgésico emocional que alivia lo que me duele, en un recurso para afrontar las presiones y ansiedades de la vida. 

Cuando calmo mis necesidades emocionales a través de la comida estoy alimentándome emocionalmente.

Un ejemplo común de esto es cuando nos sentimos agotadas tras un día duro y buscamos algo de consuelo abriendo la nevera, sin sentir realmente hambre en el estómago, aunque sí con ganas de comer. Buscamos ese “algo” que, a corto plazo, nos va a reconfortar y hacer sentir mejor. 

Hacerlo de forma ocasional no supone un problema, es algo NATURAL. Sólo es problemático cuando es el único o el principal recurso de gestión emocional del que disponemos. En esos casos, dejamos de utilizar los alimentos para nutrirnos física y/o mentalmente y los transformamos en un recurso para la evasión. La comida puede convertirse entonces en un sustituto de otras herramientas más efectivas de afrontamiento de nuestros problemas, en un «paliativo» emocional.

Es importante saber detectar cuándo lo que sentimos es hambre emocional y no física, pero NO PARA CONTROLARLA O DEMONIZARLA, sino sencillamente como una oportunidad para observarnos, atendernos amorosamente e intentar descubrir lo que necesitamos.

¿Sabías qué otra forma de nombrar el hambre emocional es “hambre del corazón”?

Algo nos está ocurriendo si es ese hambre la que está activa la mayor parte del tiempo. No somos robots y tenemos muchas más necesidades más allá de las fisiológicas, entre ellas necesidades emocionales. Por eso es importante atenderlas.

El hambre emocional es como el piloto rojo de alarma que se enciende en el salpicadero del coche cuando el vehículo tiene algún problema interno y estructural. Del mismo modo que cuando no atendemos al piloto del coche podemos terminar con una avería seria, el no atender a nuestras propias alarmas ––que pueden surgir en forma de hambre emocional–– puede acarrear repercusiones para nuestras vidas. Quizá nuestro piloto se ha encendido porque estamos complaciendo demasiado a los demás sin poner límites, o porque nos estamos sobreexigiendo en algún área de nuestra vida (por ejemplo restringiendo alimentos o no permitiéndonos disfrutar), o porque nos sentimos solos y aislados…

¿Cómo es el hambre emocional?

Generalmente el hambre emocional es repentina, intensa y puede no corresponderse con las señales físicas del estómago. Sentimos un gran impulso por comer alimentos reconfortantes, generalmente muchos de los que están en nuestra lista de «alimentos prohibidos» o que son fácilmente digeribles e hiperpalatables. Este impulso puede aparecer en cualquier momento, incluso justo después de haber terminado de comer.

¿Y qué puedo hacer cuando aparece el hambre emocional?

Primero recordar que sentir hambre emocional no es nada patológico. No está ahí para hacerte infeliz o para castigarte, ni eres la única que la siente. Está presente en todos nosotros. 

Desde bebés asociamos el comer con la calma, el placer… ¡si no no podríamos sobrevivir! Poco a poco vamos sumando asociaciones emocionales, generalmente positivas, que conectan esta actividad con nuestra infancia, nuestra familia, el cuidado de nuestros padres y abuelos… de esta forma, un alimento puede evocarnos un instante en que nos sentimos queridos y reconfortados, tranquilos y plenos.

El hambre emocional se calma cuando pasamos del modo automático al consciente. Podemos conseguir esto al tomarnos un momento para respirar y calmarnos, intentando observar qué emoción es la que ha desencadenado el impulso. En este sentido, podemos intentar relajarnos unos minutos para tomar una decisión más consciente respecto a si comer o no. Si tras ese tiempo nos decidimos por comer, ¡está perfectamente bien! Lo importante no es el hecho de comer o no hacerlo, sino el lugar desde donde lo hacemos, si es desde la compasión y el afecto o desde el automatismo.

Comer conscientemente es la salida al hambre emocional cuando se ha vuelto dañina para nosotros. Eso no significa prohibirnos usar la comida para calmar nuestras emociones o para anestesiarnos en un mal momento, sino sencillamente ser más conscientes de por qué hacemos lo que hacemos, lo que nos proporciona una mayor flexibilidad y conocimiento sobre nuestras señales internas de hambre, saciedad, bienestar…

Me voy a preguntar: «¿qué necesito?» y acto seguido voy a darme unos minutos para respirar e intentar escuchar la respuesta. 

  • ¿De qué me estoy dando cuenta? (Por ejemplo, de que hoy le dije a mi jefe que sí cuando en realidad quería negarme. O de que me he autoexigido demasiado, o de que necesito estar sola…)
  • ¿Qué siento? (Tristeza, rabia, vergüenza, ansiedad…)
  • ¿Qué necesito ahora mismo? (Sentirme tranquila…)
  • ¿Necesito algo de mí misma o de otra persona?

Dice Isabel Menéndez que “cuando el espíritu se silencia, el cuerpo habla».

Identificar cuál es el estado emocional que me impulsa a comer me ayudará a ampliar mi autoconsciencia. El hambre emocional, además, no sólo se despierta por emociones negativas que quiero adormecer y anestesiar (como la vergüenza, la culpa, la rabia, la tristeza, la ira, el sentimiento de vacío o el dolor por una pérdida). También puede provenir de un intenso estado positivo que quiera ampliar o mantener, e incluso puede ser sencillamente un hábito (si en muchas ocasiones me he sentido muy bien tomando unas galletas con leche en el sofá por la noche para saciar mi hambre física, ahora se activa como hambre emocional para reproducir la sensación reconfortante de las veces anteriores).

Los estados emocionales que más desencadenan hambre emocional son los siguientes:

  1. Sentimiento de soledad: uso la comida para hacerme compañía y no sentirme sola.
  2. Aburrimiento: uso la comida para no sentir sensación de vacío y de frustración por no saber qué hacer para llenarlo.
  3. Tristeza: la comida me consuela como un abrazo.
  4. Necesidad de anestesiarme: uso la comida para paliar una emoción o un pensamiento, así como un tranquilizante para poder relajarme.
     
  5. Deseo de estar más activo: uso la comida entre actividades para tener más energía a la hora de trabajar, estudiar, etc., aunque no sienta hambre física.
  6. Fatiga: uso la comida porque en realidad estoy cansado y necesito deterneme y parar, pero por el motivo que sea no lo hago y lo sustituyo por alimento.
     
  7. Falta estructura: uso la comida para reemplazar la estructura que me falta, en mi semana laboral, en mis fines de semana o vacaciones…  
  8. Separación o abandono: uso la comida para evitar sentir el dolor de un posible rechazo o abandono, o ante la pérdida de un ser querido.
  9. Indecisión: uso la comida para evitar el sentimiento de ansiedad por no llevar a cabo una actividad pendiente o no saber tomar una decisión.
  10. Miedo a llorar: como porque no me siento preparada para desahogarme y acoger el dolor y pena que siento.
  11. Falta de intimidad sexual uso la comida como un sustituto del sexo y las relaciones interpersonales.
  12. Rabia: “morder comida” en lugar de descargar las ganas de “morder” a alguien y poner límites.
  13. Decepción: uso la comida como compensación por sentirme privada de algo.

Prohibirte alimentos también desencadena hambre emocional. Restringir alimentos genera un estrés que nos lleva a obsesionarnos por los alimentos que nos hemos prohibido, y que a la larga produce grandes impulsos por comerlos. Prohibir es despertar el deseo, por lo que a más restricciones más hambre emocional. Si sientes que el hambre emocional es un problema en tu vida pregúntate: ¿estoy restringiendo mi alimentación sin darme cuenta de ello?  

Jan Chozen Bays, en su libro Comer Atentos nos propone un ejercicio para ser más conscientes de nuestro hambre emocional o hambre de corazón, y para dejar de verla como una enemiga:

  • Cierra los ojos y respira un par de minutos.
  • Hazte la siguiente pregunta: ¿qué comes cuando te sientes triste o solo? ¿Qué alimento te apetece en esos momentos?
  • Visualiza esos alimentos. 
  • Rlige uno de ellos o tu alimento reconfortante favorito, y procede a regalarte una pequeña porción. Puede ser un bombón, una bola de helado, un trozo de queso, unas patatas fritas… lo que sea.
  • Contempla con amor el alimento que tienes frente a ti. Siente agradecimiento por poder tenerlo. 
  • Come ese alimento muy lentamente y, con cada bocado, imagínate que lo estás enviando a tu corazón, lleno de afecto, compasión y amor. Respira y observa las sensaciones que te produce comerlo así, con ese permiso y ese amor.

Esperamos que este ejercicio te ayude a sentir tu hambre de un modo más tranquilo, tomando mayor conciencia. Si sientes que no es suficiente y que el hambre emocional supone algún tipo de problema en tu día a día, puedes probar a buscar ayuda profesional.

Y recuerda: el hambre emocional no es tu enemiga. El hambre emocional no es inmoral ni es negativa per se (sólo si está interfiriendo con tu bienestar cotidiano) y, sobre todo, RESTRINGIR, COMPENSAR, PURGARSE, ETC. NUNCA SON LA SOLUCIÓN.


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