Testimonio: Una situación atípica

Testimonio que explica cómo terminó desarrollando anorexia, al igual que su madre. También nos cuenta lo mucho que ha luchado por alcanzar su recuperación...

Este testimonio de Cristina repasa detalladamente muchas de las fases que puede atravesar un Trastorno de la Conducta Alimentaria (TCA) restrictivo, así como su recuperación.

Cristina nos explica cómo de la manera más imprevista terminó desarrollando anorexia, al igual que su madre. También nos cuenta lo mucho que ha luchado por alcanzar su recuperación, y nos habla de algunas de las herramientas que más la han ayudado en este camino.

Su historia está llena de dificultad y miedo, pero también de tenacidad y perseverancia, las mismas que le han permitido apostar por su salud frente a la voz del TCA y sus restricciones. ¡Apuesta por la recuperación! Gracias Cristina por tu mensaje de esperanza e inspiración, y gracias por abrirte así con nosotras.

¡Deseamos que a muchas personas os inspire y ayude a luchar por vuestra recuperación!

Una situación atípica

Hola. Mi nombre es Cristina Serra y tengo 27 años. Hace unos 4 años (más o menos) que la anorexia apareció en mi vida.

Mi historia es un poco peculiar ya que desde que tengo uso de razón mi madre ha sufrido y sufre anorexia. Yo juré y perjuré que nunca caería en sus manos. Como este tema estaba muy presente en mi día a día y uno de mis principales objetivos era ayudar a mi madre a recuperarse, decidí hacer el trabajo de final de curso sobre esta enfermedad (los posibles tratamientos, los centros donde había unidades especializadas para tratarlo, el proceso de recuperación… incluso fui a hablar con un psicólogo para que me explicase los procedimientos que se seguían cuando se ingresaba a una paciente en una unidad de TCA…).

Lo que quería era aportar mi granito de arena, evidentemente sin saber el desierto con que iba a encontrarme en el futuro. ¿Tiene gracia, verdad? Ilusa de mí. Con 18 años pensaba que esto de ayudar a mi madre no podía ser tan difícil. Lo único que tenía que hacer ella era comer, ganar un poco de peso y ya está. Qué fácil, ¿no?

Evidentemente luego experimenté en primera persona que no, que no era ni es fácil. No me cabía en la cabeza como algo tan sencillo le era imposible de hacer. Pero si dicen que comer es uno de los placeres de la vida… ¿por qué no podía hacerlo?. No entendía nada. No tenía ni idea de todo lo que me depararía el futuro. Lo más curioso es que, cuando me di cuenta que yo también estaba enferma, no apliqué ni uno de los conocimientos que adquirí acerca de la anorexia durante mi trabajo. Creo que ni me acordaba de que había hecho este trabajo.


Pero aquí estoy, intentando contar mi historia, con muchísima vergüenza, pero también con mucha fuerza para gritar. Gritar fuerte que sí, que se puede salir.

Para mí una de las cosas más difíciles fue reconocer lo que me pasaba (en el fondo, todos los que sufrimos esta enfermedad sabemos que hay alguna cosa que no funciona bien, que algo pasa en nuestro cuerpo y sobre todo en nuestra mente). Yo, que siempre había sido la niña buena, la que sacaba buenas notas, la que siempre estaba alegre. La que tenía una madre con anorexia y que sabía cómo de mal lo estaba pasando. La que hizo el trabajo para ayudarla, y la que a veces la criticaba porque no entendía como podía llegar a ser tan difícil meterse comida en la boca, recuperarse de una vez por todas…

Y ¡Pum!, ahora tenía que reconocer que yo también sufría anorexia. Madre mía, qué vergüenza. ¿Cómo me había podido pasar? ¿Qué había hecho mal? ¿En qué momento se me fue de las manos sin darme cuenta?

De momento no puedo responder a estas preguntas, aún no sé la respuesta.
Creo que nunca me voy a olvidar del día que le confesé a mis amigas lo que me pasaba (evidentemente ellas ya sospechaban algo, ya que en mi caso perdí mucho peso). Ni el día que mis padres decidieron llevarme al psiquiátrico. Nunca en mi vida había pasado tanta vergüenza.

Me había “prohibido” comer casi todos los alimentos. Tenía unas reglas y unas normas muy pautadas. Al principio dejé de comer galletas, chocolate, bollería, pan, pasta, carne (en resumen, los primeros alimentos que retiras de tu día a día cuando decides hacer “dieta” para “cuidarte” un poco). Pero se me fue de las manos. Cada día eliminaba más alimentos y era más y más restrictiva.

Llegué a un punto en que solo podía comer gelatina (evidentemente sin azúcar) y hasta pesaba la cantidad de lechuga que me ponía en el plato (imaginaros todo lo que llegaba a pasar por mi cabeza… o mejor no, mejor ni pensarlo).

Además, intentando disimular para que nadie se diera cuenta de lo que realmente estaba haciendo (me pensaba que el resto de mundo era tonto y que no se enterarían de nada. Creo que aquí la única que hizo la gran “tontería” fui yo).

Al final, no es que no quisiese comer X alimentos, sino que no podía (os lo juro, era incapaz). Me entraba ansiedad de solo pensarlo. Me ponía nerviosa (me temblaban las manos, empezaba a sudar, el corazón me latía muy fuerte, etc.). Realmente le tenía pánico a la comida, sobre todo al aceite (le tenía verdadero terror, casi no podía ni verlo). A mí me daba más miedo la comida en sí que el hecho de tener que restablecer mi peso.

Con la terapia (al principio iba obligada) empecé a subir un poco de peso, y a perder un poco de miedo a los alimentos. Me acuerdo de que al principio lo pasé realmente mal. En la consulta me pesaban todas las semanas, y si alguna semana perdía un poco de peso (aunque fueran 200 gramos) mi madre se enfadaba conmigo, así que por miedo a que se enfadase empecé a hacer trampas para que la báscula reflejará un número incorrecto. Es la primera vez que cuento esto, nunca lo había reconocido… pero ya se sabe; como todo en esta vida, las trampas no pueden durar para siempre. Al final entendí que a la única que estaba engañando era a MÍ MISMA.

Lo más duro para mí fue tener que comer viendo cómo mi madre no comía nada (a día de hoy es lo que más me cuesta aún. No sé si algún día podré normalizar la situación). No podía dejar de compararme con lo que hacía ella, y sentía que yo no estaba haciendo las cosas bien.

Siempre había vivido en un ambiente de “dieta”. Integre unos conceptos que a día de hoy sé que no son los correctos ni los normales (pero os juro que cambiar la forma de ver las cosas fue muy difícil). Por ejemplo: mi madre nunca ha cenado, así que yo desde pequeña me pensaba que las mujeres cuando llegaban a cierta edad tenían de dejar de cenar, y yo no podía ser menos, también lo tenía que hacer. No podía dejar de compararme con ella. ¿Por qué ella podía no comer pero yo no? ¿Por qué yo tenía que estar en tratamiento y ella no? No sabía lo que era “comer normal”. No tenía ninguna referencia ni apoyo en casa. Me sentía muy sola y perdida.

Mi principal apoyo, a parte de mis amigas, fue mi abuela. Cuando mi padre se dio cuenta de la situación, decidió que él y yo iríamos a comer cada día a casa de mi abuela. Para mí esto fue mi primera SALVACIÓN. A partir de aquí, empecé a “normalizar” un poco la comida. Podía estar sentada en la mesa, hablar del día, etc. Al principio, como todo, es duro, porque tu cuerpo se resiste a comer, pero a medida que vas probando cosas nuevas el miedo va desapareciendo (poco a poco, no es un proceso ni rápido ni fácil.

Hubo muchas lágrimas y lloros por el camino, pero al final ves que la única forma de vencer al miedo es enfrentarse a él, cara a cara. Además, cada vez te sientes con más fuera y de mejor HUMOR. Yo siempre había sido una chica alegre, pero desde que empecé con todo esto era raro era el día que sonreía.

También pasé por la época de “compensación”, es decir, comía “normal”, pero luego me pasaba dos horas en el gimnasio haciendo cardio para quemar todo lo que había comido, llevando al extremo mi cuerpo (esto también es la primera vez que lo reconozco). La verdad es que me costó muchísimo dejarlo y encontrar una relación sana y de autocuidado con el deporte. Tuve que dejarlo una temporada (me costó horrores dejar de ir al gimnasio, me sentía muy mal) para después poder retomarlo desde otra perspectiva.

Ahora solo hago deporte si tengo ganas y desde el autocuidado, priorizando mi salud mental antes que mi salud física (evidentemente ya no hablo de estética, después de todo lo pasado creo que es lo que menos me preocupa a día de hoy).

Mi segunda SALVACIÓN fue encontrar a personas en las redes sociales que estaban pasando por lo mismo, y que estaban luchando igual que yo, o que ya habían superado la anorexia. Encontré el apoyo que me faltaba en casa. Sus publicaciones me daban fuerza para seguir luchado y enfrentarme cada día a mis miedos (que no eran pocos, la verdad).

Para mí el libro de ¡Rehabilitación, Reprogramación, Recuperación! Cómo recuperase de anorexia para el adulto de Tabitha Farrar (traducido por Miram Sanchez-Manzanares) era y es como mi biblia. Fue esencial para mi recuperación. Me lo leí 2 o 3 veces (creo que ya me lo sé de memoria),. Siempre lo llevaba encima (¡y mira que pesa el libro, eh!), y aunque solo tuviera tiempo de leer media página, lo hacía. Creo que me ayudó más el libro que la terapia presencial. Aún lo tengo en la mesita de noche, y cuando siento que me faltan fuerzas lo vuelvo a leer una y otra vez (no lo pienso sacar de allí). Este libro realmente me hizo sentir acompañada, protegida, apoyada… todo lo que necesitaba en aquel momento.

Cuando ya había recuperado gran parte de mi peso, decidí que quería seguir adelante con el proceso de recuperación, pero solo comiendo “real food”, el famoso movimiento de Carlos Ríos. Qué vergüenza… pero yo era fan de él. Si él decía que no se podían comer ultraprocesados, yo cumplía al pie de la letra. En realidad, lo único que estaba haciendo era alimentar mi anorexia y me obsesión.

Llegué a decir que no quería ir a comer a casa de mi abuela porque no cocinaba de la forma adecuada.

¡Madre mía, qué barbaridad! Es decir, estaba saliendo de la anorexia, pero me estaba metiendo en manos de la ortorexia. Hasta que me di cuenta de que no podía seguir así: me estaban amargando la vida el control y la obsesión por los ingredientes que llevaban los alimentos, y decidir si los podía comer o no ocupaba gran parte de mi tiempo. Realmente estaba dando pasos hacia atrás, y con lo que me había costado no quería volver a pasarlo mal. Así que me puse manos a la obra y volví a empezar. Estaba tan cansada de todo esto que decidí ir a por todas, dejar de lado la voz que me decía que solo podía comer cosas integrales, alimentos sin azúcares, nada de ultraprocesados, etc. Y empecé a comer de todo, cada día una cosa nueva.

Creo si has sufrido o sufres un TCA no puedes bajar la guardia nunca, ya que si te despistas un poco puede ser que la enfermedad vuelva a llamar a tu puerta. Es difícil saber cuándo estás recuperada al 100%. Creo que es cuestión de tiempo, ganas y fuerza. Superar tus miedos, uno a uno, pero todos. Enfrentarte a TODOS, no dejarte vencer por ninguno. Creo que es así como poco a poco puedes ir ganando la batalla. Para mí es como una carrera de fondo, tienes que luchar día a día. Quizás hay semanas que avanzarás más que otras, pero lo más importante es no quedarte quieto.

También me gustaría decirles a las personas que están pasando esta enfermedad sin el “apoyo de casa” que no están solas. Que busquen ayuda, que se muevan, porque el mundo está lleno de personas maravillosas que estarán dispuestas a echarles una mano cuando más lo necesiten.

Ojalá algún día todo el mundo sea consciente de que realmente existe esta enfermedad. Que no es una broma ni un capricho de “niña/o mimada/o”. Que entiendan que los TCA son una enfermedad igual o más peligrosa que cualquier enfermedad mental, y que para superarla se tiene que luchar, y mucho. Luchar contra tus miedos y contra tu cabeza, para que al final podamos ganar con el corazón.

En mi caso lo que más ayudó a mi recuperación fue buscar un apoyo. No tiene por qué ser una persona. En mi caso lo que más ayudó fue el libro de ¡Rehabilitación, Reprogramación, Recuperación! Cómo recuperase de anorexia para el adulto de Tabitha Farrar, y el conocer a gente a través de las redes sociales que estaba pasando por lo mismo que yo.

Creo que sentirse apoyada durante el proceso de recuperación es esencial. Lo podríamos comparar con la siguiente situación: cuando te rompes una pierna y te la escayolan, necesitas una muleta en la que apoyarte para poder caminar. Incluso cuando te quitan la escayola (porque la pierna ya está curada), durante un tiempo aún tienes que caminar con la muleta para coger confianza, agilidad, etc. Al final puedes dejar la muleta y empezar a andar sin ella, pero ha sido un elemento esencial en tu recuperación.

Con los TCA creo que pasa más o menos lo mismo: necesitas el soporte de alguien, los consejos, las fuerzas etc. para empezar a ver un poco la “luz”, y empezar a trazar otra vez tu camino. Esto no quiere decir que cuando estés “curada” este soporte desaparezca de tu lado. Simplemente no necesitaras apoyarte en él de forma constante.

Cristina Serra


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